Cuando empezamos a ver las barbas a la crisis todo el mundo hablaba de un cambio en el sistema productivo español, y se acuñaron frases como "cambiemos los ladrillos por ordenadores" que, desgraciadamente, acabaron siendo más deseo que realidad. Ciertamente España es un país cuyo enfoque económico ha sido históricamente discutible o, al menos, muy poco previsor. No hay más que recordar el poco acierto con la política respecto a las colonias americanas y esa obsesión por los metales preciosos como elemento de derroche y no de generar riqueza como acabaron haciendo otros al norte del viejo continente. Siglos después la desamortización volvió a darnos una pista, y en vez de proponer un sistema donde el pequeño y mediano propietario obtuvieran un resorte de cara a la transformación de la propiedad y la producción agrarias acabó convirtiéndose en una autopista para la concentración de las tierras. Cuando se ha trataba de invertir se tendía a conservar, y las grandes fortunas en vez de apostar por la industria decidieron hacerlo por el campo. Vamos que lo de la Duquesa de Alba no es para nada casual.
Tampoco ayudó mucho a cambiar esa concepción nuestro rol en la Unión Europea ya que desde el principio nos catalogaron como "el país de los camareros" y derivamos al sector servicios una gran masa de inversión y de trabajadores. Mientras, se acabó destruyendo buena parte del tejido industrial y empezamos a inflar una burbuja inmobiliaria que contó con la más que inestimable ayuda de la Ley del Suelo del gobierno Aznar. Y todo resultaba muy cómodo: crecimiento importante, pisos y pisos, adosados por doquier, bancos encantados de prestar y media España encantada de haberse conocido e incapaz de sentirse parte de la masa de trabajadores. Todos nos convertimos en clase media de golpe.
Tampoco ayudó mucho a cambiar esa concepción nuestro rol en la Unión Europea ya que desde el principio nos catalogaron como "el país de los camareros" y derivamos al sector servicios una gran masa de inversión y de trabajadores. Mientras, se acabó destruyendo buena parte del tejido industrial y empezamos a inflar una burbuja inmobiliaria que contó con la más que inestimable ayuda de la Ley del Suelo del gobierno Aznar. Y todo resultaba muy cómodo: crecimiento importante, pisos y pisos, adosados por doquier, bancos encantados de prestar y media España encantada de haberse conocido e incapaz de sentirse parte de la masa de trabajadores. Todos nos convertimos en clase media de golpe.
![]() |
| Muy ilustrativo. Tomado de www.jrmora.com |
Y algunos recordamos como chavales de 16 años abandonaban el instituto sin la ESO con esa frase tan típica de "Profe, yo me voy a poner a currar en la construcción y en un mes ganaré lo que tú en dos". El caso es que algunos tenían razón y, de vez en cuando, iban a visitarte al instituto con un carro tuneado el triple de caro que el que gastaba el mismo director.
Luego llegó lo que todos sabemos: la hostia a dos manos que nos pegó el mercado financiero y los ladrillos se convirtieron en naipes que caían uno tras otro. Y con las casas vacías o a medio acabar, nos pusimos a buscar las industrias que ya no estaban y nos dimos cuenta que no había dónde colocar a tanto albañil en otra cosa, porque no sabían hacer mucho más y porque no había otra cosa.
Ante el problemón con el que nos encontramos apenas hay alternativas, tal vez la más clara y lógica es la más difícil de ver a corto y medio plazo, y esa es la de apostar por la preparación de la ciudadanía, intentando transformar la economía de los globos hinchados artificialmente por otra mucho más estable, sin jugar a la especulación, sabiendo que lo que nos toca es transformarnos de verdad y rompiendo la tendencia de nuestra historia que balancea entre el conservadurismo económico alejado de los emprendedores y las ansias por el dinero fácil. Efectivamente, como decía arriba hay que dejar de lado tanto ladrillo y utilizar más los ordenadores, pero si nos ponemos a leer la frase en sentido literal solo lograremos hacer el ridículo.
Luego llegó lo que todos sabemos: la hostia a dos manos que nos pegó el mercado financiero y los ladrillos se convirtieron en naipes que caían uno tras otro. Y con las casas vacías o a medio acabar, nos pusimos a buscar las industrias que ya no estaban y nos dimos cuenta que no había dónde colocar a tanto albañil en otra cosa, porque no sabían hacer mucho más y porque no había otra cosa.
Ante el problemón con el que nos encontramos apenas hay alternativas, tal vez la más clara y lógica es la más difícil de ver a corto y medio plazo, y esa es la de apostar por la preparación de la ciudadanía, intentando transformar la economía de los globos hinchados artificialmente por otra mucho más estable, sin jugar a la especulación, sabiendo que lo que nos toca es transformarnos de verdad y rompiendo la tendencia de nuestra historia que balancea entre el conservadurismo económico alejado de los emprendedores y las ansias por el dinero fácil. Efectivamente, como decía arriba hay que dejar de lado tanto ladrillo y utilizar más los ordenadores, pero si nos ponemos a leer la frase en sentido literal solo lograremos hacer el ridículo.
Luego está seguir como hasta ahora y ahí estamos enfrascados con una nueva guerra Madrid-Cataluña por poseer la meca del juego europeo, atrayendo dinero fácil, haciendo leyes a medida, generando clubs de prostitución y prefiriendo a un buen crupier antes que a un ingeniero, que si nos sale bueno ya estará Alemania para contratarlo. Vamos que el caso es apostar a algo, si no lo hacemos al futuro al menos que sea a los números de color negro de la ruleta. Claro que si al menos apostáramos a los rojos...

¡Qué bueno, Pedro! Y qué clarividente...
ResponderEliminar