“A aquellos que un día soñaron con ser maestros.
A aquellos que hoy sueñan con
serlo”
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Cuentan que Cronos pone a cada uno en su sitio. De hecho se afirma que
cuando alguien no se ha portado con la bondad necesaria para ser reconocida
como buena persona el dios griego del tiempo decide que no muera, prefiere que
nunca acabe su vida pero que siempre la vaya terminando. Dicen que tomó esa
decisión tras ver cómo Sísifo subía y bajaba la ladera del Acrocorinto
cumpliendo el terrible castigo por ser avaro y mentiroso.
Cronos tiene la imaginación siempre a punto para proponer el futuro
infinito para aquel o aquella que no supera el juicio que da derecho a llegar a
la paz mortal. Dicen que una vez a alguien que disfrutaba y reía humillando a
los demás le condenó a sufrir un terrible dolor cada vez que esbozaba una
sonrisa, aunque fuera la más leve. Tan horrible es la molestia que sonreír le
supone llorar. También cuentan que un humano que siempre se movía por la codicia
cada día pierde todo lo que logra y no es capaz de dormir por sentirse
desesperado por la ruina. Y, así, cansado y derrotado pervivirá toda su
existencia.
Una vez llegó a la morada de Cronos un caso excepcional. Se trataba de
un ser poco común en los juicios del tiempo, era alguien que había ostentado
poder y mando, a quien conocieron por desplegar con férreas maneras una
autoridad inmensa que ejercía desde un altísimo trono. Era la reina perfecta
para cualquiera de los palos que forman la baraja francesa. Muchos de los seres que compartieron con ella
momentos comunes calificaban sus movimientos de astutos y sus decisiones de
maquiavélicas.
Cronos, convertido en juez, no tenía muy claro qué decidir: al fin y
al cabo quien ejerce poder se puede confundir, y las confusiones no tienen por
qué formar obligatoriamente parte de la
voluntariedad. Sin embargo, estudiando el caso con una minuciosidad extrema,
encontró algo que le llamó la atención: la reina se había obstinado en expulsar
del reino al gran maestro, a aquel que enseñaba a sus súbditos a contar
historias y a soñar, a resolver problemas de números y a respirar en armonía.
Extrañado Cronos decidió interrogar a la reina que, cargada de orgullo, dijo:
“le mandé fuera de mi reino porque con sus explicaciones distraía a la gente
que tenía que trabajar”, espetada de nuevo por el juez la monarca sentenció:
“la única tarea de un súbdito es obedecer”. Y con un gesto altivo se sentó en
un banquillo forrado de terciopelo azul para acoger las reales posaderas.
Al magistrado le gustó poco esa actitud pero no quería resolver
injustamente, por eso decidió buscar la sentencia del juicio que años antes
sufrió el gran maestro, ya fallecido. Cronos observó que no hubo ninguna razón
para condenarle a la eterna presencia entre los humanos y que durante la vista
las lágrimas recorrieron la cara del juzgado. En los archivos permanecían
escritas algunas de sus palabras “solo me arrepiento de no haber podido enseñar
a la persona que más me odiaba, porque si hubiera podido hacerlo ella también me
hubiera enseñado a mi”. También en las actas se especificaba que durante toda
la vista el gran maestro llevaba una túnica verde. Cronos recordó cómo maestros
y maestras de otros lugares del mundo llevaban prendas de ese color para
reivindicar su tarea.
“Condeno a la reina a vivir para
siempre porque no puede tener un mínimo de bondad quien se deshace de aquel que
te quiere enseñar y que está deseando que le enseñes. A partir de hoy todos los
días deberá lavar y tender cientos de prendas de color verde que servirán para
reivindicar y recordar a los grandes maestros y maestras” La sentencia
quedó firmada tras la puesta de sol de un día cualquiera.
Cuentan que, desde entonces, el tiempo no solo pone a cada uno en su
lugar, también enseña y hace más sabias a las personas. También dicen que
Cronos, cuando llega la noche y la mayoría de los humanos duermen, se enfunda
una camiseta verde y durante unos minutos cierra los ojos para ayudar a que se
siga contando cómo aprender a soñar.
Grandes reflexiones Pedro
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